La derecha jamás ha discutido a la izquierda sus principales ideas. En lo relacionado con la familia, la educación, la religión, la historia, la moral, el mundo liberal-conservador español sigue a la defensiva, fragmentado y abrumado por sus complejos.
Aun cuando son numerosas las voces que, desde los medios y los libros, hablan de plantar cara a la izquierda, las más de las veces sus dueños se quedan afónicos al primer encontronazo con el enemigo.
El mundo liberal-conservador no ha resuelto ni resolvera , ni mucho menos, este problema, y lo está pagando caro pero quien esta sufriendo las consecuencias somos nosotros los españoles.
Es aquí donde Falacias de la izquierda, silencios de la derecha alcanza un valor simbólico.
La izquierda de este querido pais antes llamado España , tiene inexplicablemente, una sensación de estar por encima de los demás en todo, que aparte de ser fuera de lo común, atenta contra cualquier lógico. ¿Por qué nuestros queridos progres se sienten moralmente superiores en general todos los que no piensan como ellos?. Sólo hay una respuesta, porque les hemos dejado,la clave de su exito a sido su habilidad para minipular nuestra historia,una historia que nos pertenece.
De esa tremenda confusión nacen muchos de los peores males políticos de hoy, y por eso clarificar la historia constituye una labor urgente para sanear y afianzar nuestra convivencia en libertad.
Lo más irritante de los rojos, decía Gregorio Marañón, “esa constante mentira”; “Himalaya de mentiras”, denunciaba Besteiro. me asombra el grado en que la historiografía progre había desvirtuado la historia real: en prácticamente cualquier tema en que uno ahondase un poco salía a la luz un cúmulo de falsedades, a menudo tan ilógicas y mal concebidas que mueve a perplejidad su aceptación durante largos años. Aceptación reveladora también la miseria de una derecha acomodaticia, presta a defecar sobre la memoria de sus mayores a cambio de no se sabe qué.
Pero todavía resulta más reveladora, deprimentemente reveladora, la reacción izquierdista o separatista cuando sus mentiras quedan en claro. Tomemos por ejemplo el caso del Vita, un expolio gigantesco con todos los agravantes posibles de disputas gangsteriles por su control, de barbarie y destrucción de arte. Episodio plenamente definitorio sobre sus autores. Pues bien, no he visto aún a un izquierdista que, no ya cambiase su opinión, sino que siquiera reaccionase con pesar después de informarse del hecho.
Lo admiten, cómo van a negarlo ante las pruebas expuestas por los propios jefes-bandidos socialistas; pero de ningún modo lo lamentan. Tan solo expresan fastidio por si el dato llega a ser ampliamente divulgado y por tanto les perjudica; y contraatacan de inmediato, acusando a sus contrarios de robos o corrupción, a voz en cuello y por lo general calumniosamente. ¿Son conscientes de que mienten? Sin duda alguna. No se trata de falsedades inocentes. Solo puede sacarse en conclusión que estarían dispuestos a repetir las faenas, si pudieran. De hecho repiten cosas muy parecidas. “La estupidez y la canallería”, decía también Marañón tan expresivamente… Y no exageraba: la falsedad intencionada, la desvirtuación sistemática, la calumnia acompañada de un odio ciego, suelen envolver a nuestra desgraciada izquierda y a los separatistas como una nube hedionda.
Ante todo, ¿qué eran las izquierdas y qué pretendían? Creo que no queda del todo precisada su combinación de mesianismos e indigencia intelectual. Todas ellas, sin excepción, creían tener la panacea para transformar la sociedad a su gusto, consideraban que la democracia consistía en que mandasen ellas (cada una de ellas), y despreciaban la idea nacional, como recordaría Azaña amargamente. En otras palabras, eran unas izquierdas utópicas y básicamente anticristianas y antiespañolas. Su anticristianismo, único aspecto en que estaban de acuerdo todos los partidos izquierdistas, suele presentarse como "anticlericalismo" u oposición a la influencia política del clero, pero iba mucho más allá: pretendía extirpar la cultura cristiana de España como medio para implantar su utopía. Empezó con la primera quema de templos, bibliotecas y centros de enseñanza, para alcanzar su paroxismo, realmente genocida, en plena guerra civil: se trataba de erradicar, orwellianamente, la cruz de la vida pública y privada española, lo que pusieron en práctica en medida asombrosa en la zona del Frente Popular. No es que hubiera un plan explícito, al menos yo no lo conozco, pero el genocidio fue efecto lógico de unos utopismos de ínfima calidad intelectual. Casi nunca se insiste, en este dato crucial, del que solo fue un disfraz o un aperitivo el llamado anticlericalismo.
Tampoco se ha prestado suficiente atención al carácter antiespañol del Frente Popular. La hispanofobia fue clara y sin tapujos en los nacionalismos vasco y catalán, y afectaba indirectamente, aunque con plena fuerza, a los restantes grupos. Para los poderosos partidos y sindicatos obreristas, la idea de España era reaccionaria o sin importancia, disuelta en todo caso en su internacionalismo "proletario"; para el PCE, en concreto, se supeditaba absolutamente a los intereses del estalinismo. Todos ellos, incluido Azaña, tenían de la historia de España la visión forjada por la Leyenda Negra, asimilada sin crítica y hasta con regodeo (tendencia que revive hoy con fuerza). No es que Azaña se proclamase explícitamente antiespañol o indiferente a España, ni mucho menos. Pero, como otros, aspiraba a una España "nueva", cortadas sus raíces de un pasado que creían repugnante, para ponerla a la altura unos ideales esquemáticos y simples.
Cuando se combinaron estas tendencias con la destrucción de la legalidad, los sectores, muy vastos, que se sentían patrióticos y cristianos se vieron en la disyuntiva de dejarse destruir "pacíficamente" o rebelarse. Se rebelaron bajo la invocación "por Dios y por España", es decir, por la cultura cristiana y por la nación. Y contra la o las revoluciones anticristianas y antiespañolas de la izquierda y los separatismos, cuyo abocamiento solo podía ser totalitario.
Este fue, a mi juicio, el carácter de la guerra. Y hoy, por supuesto, no puedo menos de identificarme, como Marañón y tantos otros liberales, con quienes salvaron esos principios y valores fundamentales, sin los cuales la democracia liberal se queda en poco más que palabras y buenas intenciones en el vacío.
Si se pregunta al ciudadano corriente, sobre todo si es joven, sobre la transición, responda que esta fue obra del antifranquismo. Cosa lógica, pues ¿cómo podría salir la democracia de un régimen presentado por casi todos –también por gran parte de la derecha—como una dictadura siniestra y criminal, asimilada al fascismo o al nazismo? Naturalmente, esa pintura choca con el dato evidente de que los organizadores de la transición fueron un rey designado por el dictador (“asesino” o “genocida”, insisten muchos) y numerosos políticos que habían hecho su carrera política en aquel régimen nefando. ¿Cómo conciliar una cosa con la otra? ¿Cabría pensar, por ejemplo, que los franquistas estaban muy asustados por la gran fuerza de sus enemigos, y que por ello decidieron a adelantarse antes de ser arrasados por la presión de un pueblo indignado y sediento de libertad? Pero ¿cómo iba el pueblo a aceptar semejante farsa? ¿Quizá por evitar violencias el pueblo y los antifranquistas se habrían mostrado generosos con aquellos sinvergüenzas, ya que, al menos a última hora, se declaraban demócratas? Así podría entenderse, posiblemente, el proceso.
Sin embargo sabemos muy bien –aun si lo ignora la gran mayoría “informada” por la televisión y otros medios—que los antifranquistas tenían poca fuerza; que se opusieron con uñas y dientes a aquella transición, intentando incluso una huelga general; y que fracasaron. Sabemos que el pueblo, supuestamente indignado con la farsa, votó muy masivamente la transición propugnada por jefes del Movimiento franquista. Es decir, el pueblo, por gran mayoría, hizo caso omiso de los llamamientos a una rupruta que enlazaría la democracia con el Frente Popular, y en cambio respaldó la llamada reforma de los franquistas, la evolución “de la ley a la ley”, que reconocía implícitamente la legitimidad de aquella dictadura supuestamente espantosa.
Y sabemos — aunque la gran mayoría prefiera ignorarlo–, que el Frente Popular, compuesto por comunistas, socialistas revolucionarios, anarquistas, separatistas y golpistas varios—era precisamente lo más antidemocrático que había entonces en España. O sea, si la oposición a Franco quería una ruptura basada en la reivindicación del Frente Popular y una república convulsa, era porque dicha oposición tampoco tenía nada de democrática. Es preciso volver una y otra vez a la evidencia para entender algo en medio del galimatías en que se ha convertido la política y el análisis político en España.
Y, en fin, ¿quiénes eran los antifranquistas? La única oposición real a Franco desde 1939 a 1945 fue la comunista. El hecho de que el PCE empleara a menudo –vieja tradición en él– la invocación a “las libertades” y la “democracia” como cobertura táctica de sus aspiraciones totalitarias, no debiera engañar a nadie; pero ha engañado a bastantes que pasaban por inteligentes. Aparte del PCE, que solo renunció al terrorismo cuando este fue vencido, salieron a última hora grupos terroristas como la ETA, el FRAP o el GRAPO. Otra evidencia: la oposición al franquismo fue esencialmente totalitaria y a menudo brutal, asesina. En las cárceles del régimen no había demócratas, solo unos centenares de comunistas y terroristas, básicamente.
La intención básica de la Ley de Memoria Histórica consiste en la deslegitimación del franquismo, en torno a la cual se ha forjado un extraño consenso. Extraño por su amplitud, ya que incluso gran parte de la derecha considera ilegítimo a aquel régimen. Y más extraño aún por su falta de fundamento, una vez examinada la historia Suele hablarse de legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio. Atendiendo al origen, solo podría ilegitimarse al franquismo si se hubiera alzado contra un gobierno legal y de convivencia en libertad. Pero el Frente Popular fue lo opuesto, y las pretensiones en contra chocan con los hechos, la lógica y el sentido común. Franco no luchó contra una democracia, sino contra un violento y tiránico proceso revolucionario que había devastado la legalidad republicana. Ello no tiene vuelta de hoja a tenor de los datos conocidos, por mucho que diversos ideólogos insistan con terquedad asombrosa en lo contrario. Rebelarse contra una amenaza radical como la que entonces pendía sobre la sociedad española, estaba justificado, como tantas rebeliones semejantes ocurridas en muchos países, y que a menudo son la base misma de su existencia.
Así pues, Franco no derrotó a un régimen de convivencia en libertad, sino a una revolución en marcha. Algo que ninguna fuerza de carácter liberal o demócrata estaba en condiciones de hacer. En esta difícil hazaña radica, precisamente la legitimidad de origen del franquismo. Recordemos las palabras del socialista Besteiro y del liberal Marañón justificando a los nacionales por haber salvado al país de un inmenso peligro.
Aducen muchos en contra que los nacionales recibieron apoyo de Mussolini y, sobre todo, de Hitler, un dictador totalitario; y sobre esa realidad han pretendido identificar a Franco con ellos. Claro que el Frente Popular gozó del respaldo de Stalin, y este doble hecho ya indica hasta qué punto estaba fuera de cuestión la democracia en aquella pugna. Ahora bien, hay diferencias fundamentales entre la acción soviética y la de los países fascistas en España. Así, Mussolini había sido muy poco sanguinario y Hitler no había cometido aún los crímenes de la Guerra Mundial, mientras que Stalin acumulaba ya una verdadera montaña de cadáveres. Esta es una diferencia moral decisiva.
Además, ni Hitler ni Mussolini redujeron la independencia política de Franco, que no vaciló en anunciar, en 1938, su decisión de permanecer neutral en caso de guerra entre los países fascistas y las democracias. El poder de Stalin sobre el Frente Popular fue incomparablemente superior, decisivo, por tres vías esenciales: las reservas financieras enviadas (fraudulentamente) a Moscú y que este pasó a controlar; el PCE, agente declarado (y orgulloso de serlo) de la Unión Soviética, que se convirtió en el partido más fuerte del Frente Popular, sobre todo en el ejército y la policía; y los asesores políticos y militares, cuya influencia superó de modo incomparable a la ejercida por alemanes e italianos en el bando nacional. Diferencia política indiscutiblemente crucial.
La diferencia resalta nuevamente en el empecinamiento del Frente Popular por alargar una guerra que tenía perdida desde octubre de 1937, con la esperanza de enlazarla con la guerra europea en ciernes. Como es sabido, Franco frustró este plan de sus adversarios, venciéndolos cinco meses antes del comienzo de la contienda en Europa. Y luego, si fuera cierta la identificación entre Franco y Hitler, el primero habría entrado sin duda en la guerra mundial al lado de Alemania e Italia. Pero no lo hizo. Por el contrario, mantuvo un equilibrio sumamente difícil entre ellas y los Aliados anglosajones. Ese equilibrio produjo inmensos beneficios para España, al librarla de una catástrofe mucho mayor que la guerra civil recién superada, y también proporcionó ventajas estratégicas de primer orden para los Aliados, cuya posición durante varios años habría estado muy comprometida si España se hubiera sumado a Alemania.
Dado el inmenso valor de la neutralidad española, muchos comentaristas han negado el mérito de ella a Franco, hasta atribuírselo ¡al propio Hitler! Pero las cartas cruzadas entre ambos en 1941, que he reproducido en Años de hierro, demuestran una vez más y de modo concluyente, que fue Franco quien evitó a su país unos sacrificios arrasadores. Sobre esto no puede caber hoy la menor duda.
Tenemos, por tanto, tres evidencias en el origen del franquismo: venció un proceso revolucionario de orientación totalitaria; logró terminar la lucha antes de la II Guerra Mundial; y libró a España de esta, la más sangrienta de la historia. Esta triple hazaña proporciona al franquismo una evidentísima legitimidad de origen, quizá la mayor de cualquier régimen español en los últimos dos siglos.
Vamos que necesitamos un bloque unido,fuerte que se oponga rotundamente a la destrucción de España,con la necesidad de poner en marcha desde el pueblo español un movimiento politico nacional capaz de devolver a España su unidad su libertad y su grandeza viva España. Arriba España
